Educando la voluntad

Comencemos recordando el significado que el diccionario nos ofrece de la palabra voluntad: es la capacidad humana para decidir con libertad lo que se quiere o lo que no y ordenar la propia conducta, en otras palabras sería tener el poder sobre nuestra propia vida. Maria Montessori consideraba que cada ser humano es el encargado de liderar el desarrollo de su voluntad, proceso que se da naturalmente si le es permitido seguir las leyes fundamentales que mantienen en equilibrio y disciplina al universo del cual forma parte.

El niño desde que nace lleva consigo la misión natural de evolucionar como humano pero también como un individuo independiente, hasta sus tres años este gran trabajo de vida es interno, inconsciente y no puede ser influenciado, cuando el niño continua creciendo se vuelve más consciente de esta evolución queriendo consolidar y seguir perfeccionando toda esa individualidad que adquirió en la primer etapa, pero ahora está más pendiente del adulto, lo que puede darle gran madurez o muchas desventajas.

A partir de esta introducción surge un interrogante: 

¿Le estoy dando al niño la libertad de actuar por su propia voluntad?

 

Seguramente muchos pensarán: “no puedo dejarlo hacer todo lo que quiere” y tienen razón, también en la vida adulta tenemos el deseo de hacer muchas cosas que no se pueden porque vivimos rodeados de reglas que hay que obedecer, por esta razón es indispensable que el niño adquiera ideas sobre amabilidad, los derechos y los deberes para formar parte de la sociedad, pero de nada serviría con la simple transmisión diciendo: “esto si y esto no”, necesita de continuo ejercicio en lo cotidiano de la vida para poder equilibrar la dirección de sus diversas acciones y elecciones. 

Lo que se debería diferenciar son los momentos en que creemos necesario aplicar límites y de qué forma lo estamos haciendo, es decir, cuando el niño está exigido de reglas continuamente para cada movimiento que hace, para cada situación por la que se anima a decidir, para cada pensamiento que decide expresar o para cada emoción que necesita exteriorizar, entre otros actos independientes, lo termina limitando en la evolución y orden de su propio carácter, frente a varios intentos frustrados de ser ellos mismos algunos pueden responder con sometimiento y sumisión o, de lo contrario, con la máxima rebeldía y desobediencia hacia el adulto. 

Reflexión y auto-critica

Pensar conscientemente si la obediencia que le estamos pidiendo a ese niño está sobrepasando el límite que nos separa y nos reconoce como seres independientes, convirtiéndose en un excesivo control que no le permite ser quien quiere ser. Todo niño tiene en sí una gran sabiduría y comprensión, es posible que pueda seguir a su adulto y lo obedezca sanamente, se interese en sus palabras, le guste imitarlo, lo observe y lo escuche admirado para su trabajo de perfeccionamiento y cuando es así se percibe esta relación respetuosa porque el niño lo demuestra con mucha claridad y amor. 

Ser una autoridad pensante, que aparece solo en situaciones especificas, que hace un acoplamiento entre las necesidades de uno y de otro, que explique, que responda, que guíe, que acompañe, que ayude a ese niño a crecer, desarrollar la autonomía en todos sus aspectos y ser responsable de sus actos, a diferencia de una autoridad pobre de fundamentos, que siempre es ejercida, que solo desea el poder, que constantemente exige considerándose superior al niño por su supuesta experiencia de adulto, que no confía en su individualidad y su desarrollo creciente e inconscientemente tampoco lo espera para que su rol dominante no pierda vigencia, quiero aclarar que no es una cuestión de malicia hacia lo más preciado sino que es una absorción muy arraigada de la educación antigua que sin orgullo se debe modificar bajo una introspección personal. 

Con la presencia e influencia medida y correcta se va colaborando en la construcción de un individuo disciplinado, que se va auto-disciplinando por sí solo porque es dueño de su vida y es capaz de respetar el control de sus impulsos. Su libertad debe ser guiada para que encuentre lo mejor y más necesario para su desarrollo, ayudando, respetando, cuidando la armonía universal y sirviendo al plan natural con lo mejor de su ser. Un gran adulto lo incentivará en ese camino. 

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